
El papa León XIV fue transparente. Sus noes y límites a las reformas de la Iglesia retumban en el parlamento del reino de España.
Marcos Roitman Rosenmann
En la visita de Robert Prevost lamentaré ser aguafiestas, pero son escasas las ideas que, en tanto papa León XIV no las haya escuchado con antelación a sus antecesores. Los fieles, siempre acólitos piensan diferente, tanto que han llegado a señalar que, en sus palabras, Robert Prevost, no defiende ideología alguna. Que su humanidad se refleja en el amor a los pobres, a los migrantes, a los desamparados y quienes sufren el desarraigo. No paran de alabar su crítica a la IA ya expuesta en su encíclica Magnifica Humanitas. En esos términos se mueven los análisis del discurso pronunciado en las Cortes Generales, ante un parlamento que aplaudió durante siete minutos puesto en pie.
Desde la oposición, hasta el gobierno, salvo los cuatro diputados de Podemos y el único del Bloque Nacionalista Galego, que no asistieron, todos pueden sentirse aludidos en lo positivo y negativo. De ahí que su visita y su discurso pueda catalogarse de una neutralidad vergonzante, cuando se trata de no herir sensibilidades o perder fieles. Su rechazo a la guerra, en términos generalistas, no puede pasarse por alto. Dejó sin mencionar el genocidio cometido contra el pueblo palestino. La ambigüedad, cuando no la equidistancia, ha sido su retórica para tratar los problemas actuales. Condenar y apuntar a los responsables, con nombres y apellidos, eso no se pasa por la mente del papa León XIV. Eso sí, su defensa doctrinaria de los dogmas de la Iglesia, los defendió sin rubor.
Robert Francis Prevost (Papa León XIV) en protestas pacifistas en Italia contra armas nucleares norteamericanas
Son siglos, por no decir milenios, donde los máximos representantes de la Iglesia, han realizado actos de contrición. En el siglo XX renegaron de la inquisición y en el XXI se aventuran a pedir perdón por los abusos de pederastia cometidos por sus sacerdotes. Incluso han tenido palabras de arrepentimiento cuando ayudaron a los nazis a escapar de la justicia internacional. Sus discursos están empapados de buenas intenciones. Puede cambiar el tono.
Unos han sido más conservadores, anticomunistas, pro nazis, otros más progresistas, cercanos a los desheredados y a la llamada doctrina social de la Iglesia. Pero todos profesan la misma religión católica, apostólica y romana. El papa León XIV fue transparente. Sus noes y límites a las reformas de la Iglesia retumban en el parlamento del reino de España. Coinciden, no puede ser de otro modo, con sus antecesores en el cargo Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, por citar los tres últimos.
No al aborto, no a la eutanasia, libertad religiosa en la educación, respeto a la familia tradicional, mantenimiento del secreto de confesión y de misa a las monjas ni hablar. Qué más podemos decir. Vox y el Partido Popular están de enhorabuena. Ni un reproche. Pero pide, tener compasión cristiana. Ser misericordes. Les conmina, a todos, ser generosos con los refugiados y migrantes. Y ellos lo son, señalan, no odian a nadie. Sólo quieren que los sin papeles se vayan.
Migración legal sí, los otros, expulsión directa. Ellos aplauden al Papa. En el campo político, pidió moderación y no descalificar al adversario. Ninguno se habrá dado por aludido. Siempre es el otro. De corrupción no dijo nada. Seguramente por respeto. En un discurso, señalado como histórico, ante el Congreso pleno del reino, Robert Prevost, señaló lo evidente. Vivimos un tiempo de crisis cultural y moral. Bajo el parteaguas de una defensa de la dignidad y el bien común, planteó la necesidad de ayudar al pobre, condenar la guerra, buscar el entendimiento entre adversarios, promover la integración, y construir una sociedad donde se mire primero al ser humano y se legisle en su favor.
Pidió ver al migrante como una persona doliente que debe ser atendida. Reivindicó los valores éticos y morales del cristianismo. Puso su atención en la labor civilizatoria de los reyes católicos y reivindicó como suya la escuela defensora de la dignidad y los derechos humanos, nacida en la Universidad de Salamanca de la mano del dominico Francisco de Vitoria.
“En aquella sede universitaria hace 500 años, cuando se abrían mundos nuevos y posibilidades inmensas en las relaciones entre pueblos, algunos maestros comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad cuanto la fuerza y el interés presentaban como conveniente. Introdujeron así, en el discernimiento histórico, la pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder” Puso énfasis en una verdad de Perogrullo “todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes” Construyó su argumentación defendiendo la dignidad y el bien común, el cual adjetivó cómo la forma social de la dignidad humana. En esa lógica se acercó a los problemas que iba enumerando.
Desde el derecho internacional, la paz, la justicia social, la igualdad, la libertad, la guerra, los refugiados y migrantes. Subrayó que la dignidad humana no es una abstracción cuando tantas personas se ven obligadas a dejarlo todo “para buscar paz, seguridad y futuro”. Calificó de drama sus circunstancias. Un trato no discriminatorio. Recomendó acoger a los refugiados y migrantes, brindando posibilidades reales de integración, sin discriminar por origen étnico, religioso o de identidad nacional. ¿Y la Paz? Ahí ni con unos ni con otros. La catalogó de un acto que nace en la conciencia, donde no hay espacio para el odio o el rencor. Lugares comunes, buenas intenciones, palabras amables. En tiempos difíciles, la neutralidad no es una opción. El papa León XIV rugió, pero poquito.