
"Cuando la economía ignora la segunda ley de la termodinámica, convierte la destrucción de potencial futuro en ingreso presente"
Nicholas Georgescu-Roegen en su obra The Entropy Law and the Economic Process (1971).
Por Ignacio Muñoz
Escritor y Máster en Dirección de Empresas
La economía neoclásica, dominante en las facultades y en los medios, sostiene que el valor se crea “ex nihilo” mediante el intercambio y la innovación. Según esta doctrina, el crecimiento puede ser infinito porque el capital natural es sustituible por capital tecnológico. Todo se deriva de curvas de oferta y demanda que flotan en un vacío físico.
Es, una especie de alquimia económica fundamentada en principios que no deben ser puestos a prueba por el molesto método científico. El PIB debe subir por los siglos de los siglos, dentro de un sistema cerrado, inmune a la termodinámica, tan estable como jugar Jenga en un terremoto.
Nicholas Georgescu-Roegen lanzó una advertencia que hoy resuena como un eco en las cumbres climáticas, los informes de sostenibilidad corporativa y los discursos de los ministros de minería: la economía no es un sistema circular mágico, sino un flujo lineal de entropía.
Algunos fingen el conocer las reales implicancias de creer en una cantidad infinita de recursos. Se habla de "crecimiento verde", “desacoplamiento absoluto", para hablar con la convicción ciega de quienes nunca han medido un flujo de materia, pero que hablan de "eficiencia" como algo que sólo existe en una hoja de cálculo.
Y en el centro de este espectáculo, el Producto Interno Bruto cumple el papel de medida universal, ignorando la rigidez metodológica, comparando PIB del 2026 con los supuestos PIBs de épocas donde no se medían, para justificar pseudo teorías del catecismo del desarrollo.
Pero la realidad y la física no funciona así.
La impopular economía ecológica, tal como la practican instituciones como el Stockholm Resilience Centre o los informes del IPBES, se basa en el método biofísico. Un estudio de Rockström et al. (2023), publicado en “Science Advances”, demuestra que hemos transgredido seis de los nueve límites planetarios, priorizando la extracción sobre la capacidad de carga del sistema.
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Mientras tanto, la economía convencional sigue rechazando los límites absolutos, argumentando que "la tecnología solucionará los cuellos de botella". Lo que en realidad significa es que no pueden validar sus modelos con la realidad material. Reemplazamos el rigor científico por la fe.
Y eso tiene su razón de ser, ya que, si ponemos a prueba sus postulados con los datos, todo el discurso se cae a pedazos. Un análisis del “Global Carbon Project” (2024) comparó las promesas de descarbonización con las emisiones reales. El resultado fue contundente: las economías que más hablan de "crecimiento verde" siguen aumentando su huella material.
Es decir: mientras el norte de Chile se secaba y las comunidades denunciaban la falta de agua, los "expertos" seguían diciendo que "la minería es el motor del desarrollo", como si la sed fuera un fenómeno monetario (seguramente lo es para los autodenominados libertarios).
Hoy, en Chile, cualquier ejecutivo con nombre vinoso, un informe de ESG y una cita cliché de Solow es considerado “economista” por los medios. Estos “expertos” surgen de gremios como la Sociedad de Fomento Fabril (Sofofa) o consultoras vinculadas al sector extractivo. Un informe de “Observatorio de Recursos Naturales” (2023) reveló que más del 70% de los estudios de impacto ambiental son aprobados con condiciones, pero se ejecutan igual.
No es independencia técnica. Es mercadeo extractivista.
Y su mensaje es tan simple como falaz: el recurso es infinito, el mercado lo asigna mejor, y cualquier regulación es un freno a la pobreza.
Pero ¿qué pasa cuando se analizan sus propuestas con los balances de energía reales?
Un estudio de la Comisión Chilena del Cobre (2024) evaluó los costos energéticos de la minería del futuro y encontró una constante: la ley del mineral baja, pero el costo energético sube exponencialmente. Prometen "producción récord", pero no especifican de dónde saldrá el agua o la energía sin colapsar las redes locales. Hablan de "tecnología de punta", pero no explican cómo se gestionará el pasivo ambiental de aquí a cien años.
Peor aún: sus proyecciones de bienestar (siempre arriba del crecimiento del PIB) no tienen base en modelos ecológicos reconocidos, sino en afirmaciones del tipo: "con extracción, la economía florece".
Es como decir que, si quemamos los muebles para calentarnos, tendremos más calor… sin considerar que nos quedaremos sin casa.
Aquí es donde el filósofo Alemán Hans Jonas vuelve a tener razón. En su obra El principio de responsabilidad (Das Prinzip Verantwortung), desarrolla una ética orientada a la responsabilidad por el impacto de nuestras acciones tecnológicas sobre la vida, la naturaleza y el futuro de la humanidad.
El extractivismo no vende recursos. Vende una estética: la del progreso imparable, autónomo, que no depende de la naturaleza. El "innovador" que extrae litio para baterías verdes, mientras escucha podcasts de eficiencia.
Es una imagen poderosa. Pero es una ilusión.
Porque mientras se glorifica al "país minero", se oculta que el 80% del agua en algunas cuencas del norte ya está comprometida (Dirección General de Aguas, 2023).
Y que el costo de restaurar un ecosistema degradado es hasta 100 veces mayor que el beneficio inmediato de la extracción (TEEB, 2024).
Pero eso no importa. Lo que importa es la imagen: la del ingreso soberano, que no necesita de la biosfera, ni de límites, ni de responsabilidad intergeneracional.
Este discurso no es nuevo. Es el viejo mito del *Homo economicus*, el ser racional, calculador, que toma decisiones óptimas.
Pero la evidencia lo desmiente.
Hans Jonas, en El principio de responsabilidad (1979), demostró que la ética moderna debe centrarse en la supervivencia futura, no en la utilidad presente.
Georgescu-Roegen, con la entropía, mostró que no podemos crear valor sin degradar potencial.
Pero los neoclásicos ignoran esto. Prefieren un modelo que nunca existió, porque les sirve para justificar un mundo que sí existe: uno donde las corporaciones extraen, y las comunidades pagan.
Lo más irónico es que estos economistas, que juran amar la eficiencia, no dudan en externalizar costos cuando les conviene.
Usan la infraestructura pública para sus caminos, usan los subsidios estatales para su energía y usan la justicia para proteger su propiedad.
Pero cuando se trata de pagar el costo real del recurso, de regular la entropía o de garantizar la continuidad de la especie, el "costo verdadero" de repente "no es competitivo".
Como señaló Daly en Ecological Economics (1997), las élites siempre han defendido el crecimiento cuando les sirve (para acumular capital), pero lo atacan cuando se trata de redistribuir los límites.
Y en Chile, este doble discurso ha tenido consecuencias reales.
Mientras se bloquean reformas hídricas, se otorgan concesiones perpetuas, y se debilitan regulaciones ambientales, el 1% más rico concentra el 33% de la riqueza nacional (CEPAL, 2024).
Y los "expertos" que lo defienden no están en las comunidades afectadas por la escasez. Están en Santiago, dando conferencias pagadas por empresas que se benefician de sus ideas.
Georgescu-Roegen no vivió para ver el auge del litio, los bonos de carbono, ni las consultoras que venden sostenibilidad como si fuera innovación.
Pero entendió el mecanismo: cuando el poder quiere mantenerse, no lo hace con la fuerza, sino con la contabilidad.
La verdadera eficiencia no es la maximización del ingreso, sino la administración (mayordomía) del potencial.
No es la libertad de extraer, sino la libertad de existir mañana.
Y no se construye con dogmas, sino con termodinámica, ética y justicia intergeneracional.
Mientras sigamos confundiendo la depreciación del capital natural con ingreso y a los contables del PIB con economistas, seguiremos bailando al ritmo de una ideología que no busca desarrollarnos, sino liquidarnos.
Georgescu-Roegen lo vio venir.
La pregunta es: ¿nosotros también?
Georgescu-Roegen, N. (1971). “The Entropy Law and the Economic Process”. Harvard University Press.
Rockström, J., Gupta, J., Qin, D., Lade, S. J., Abrams, J. F., Andersen, L. S., Armstrong McKay, D. I., Bai, X., Bala, G., Bunn, S. E., Ciobanu, D., DeClerck, F., Ebi, K., Gifford, L., Gordon, C., Hasan, S., Kanie, N., Lenton, T. M., Loriani, S., … Zhang, X. (2023). Safe and just Earth system boundaries. Nature, 619(7968), 102–111. https://doi.org/10.1038/s41586-023-06083-8
Daly, H. E. (1997). *Beyond Growth: The Economics of Sustainable Development*. Beacon Press.
Jonas, H. (1979). “The Imperative of Responsibility”. University of Chicago Press.
Panorama Social de América Latina y el Caribe 2024. (s/f). Comisión Económica para América Latina y el Caribe. Recuperado el 1 de marzo de 2026, de https://www.cepal.org/es/presentaciones/panorama-social-america-latina-caribe-2024
Dirección General de Aguas (2023). “Informe de Disponibilidad Hídrica en Zonas de Extracción”.
Friedlingstein, Pierre & O'Sullivan, Michael & Jones, Matthew & Andrew, Robbie & Hauck, Judith & Landschützer, Peter & Le Quéré, Corinne & Li, Hongmei & Luijkx, Ingrid & Olsen, Are & Peters, Glen & Peters, Wouter & Pongratz, Julia & Schwingshackl, Clemens & Sitch, Stephen & Canadell, Josep & Ciais, Philippe & Jackson, Robert & Alin, Simone & Zeng, Jiye. (2024). Global Carbon Budget 2024. 10.5194/essd-2024-519.
Observatorio de Recursos Naturales (2023). “Transparencia en Estudios de Impacto Ambiental”. SEA.
TEEB (2024). “The Economics of Ecosystems and Biodiversity”. https://www.unep.org/topics/teeb