
Para la autora "la transición hetero es extenuante porque nunca termina. No hay punto de llegada. Siempre hay que reafirmar, demostrar. La boda no cierra el contrato: lo inaugura. Luego vienen los hijos como certificación biológica del rol. Y si el matrimonio fracasa, el fracaso se vive como falla de género: él no fue suficientemente hombre, ella no fue suficientemente mujer".
Por Verónica Aravena Vega | Doctora en Estudios de Género y Política
¿Han visto a Sammys Reyes en la tele? Un despliegue que parece sacado de la NASA: maquillaje, ropa, crema, gym, gestos ensayados, miradas calculadas. Nadie se despierta siendo Sammys Reyes; se llega a serlo a fuerza de transformarse, disciplinarse, repetirse hasta que la imagen parece natural. Cada vez que lo veo pienso lo mismo: la heterosexualidad es la transición de género más masiva y menos confesada de la historia. No hablo de teoría abstracta, hablo de actos concretos, de cuerpos que se producen, que se moldean, que se dopan para encajar en un guion. No hablo de hormonas de reemplazo ni de bisturí sin conciencia, hablo de performance. Ese acto obsesivo y cotidiano de producirse hombre, producirse mujer, producirse deseable según el manual hetero dominante. El género no es un núcleo místico que late en el alma como un diamante esencial; son actos repetidos hasta que la carne los cree. Una ficción que se endurece a fuerza de repetición. Una mentira que termina respirando sola.
Si el género es performativo —como nos enseñó Judith Butler con esa prosa que parece fría pero es dinamita— entonces cada mañana, frente al espejo, millones de heterosexuales están en plena transición. Se inyectan masculinidad con suplementos, gimnasio y el último outfit en tendencia; aplican feminidad con base de maquillaje, hormonas y, en algunos casos, cirugías menores. Ensayan gestos, modulan la voz, practican dureza o dulzura como quien toca escalas en un piano desafinado. Lo fascinante es que lo hacen convencidos de que eso es lo natural. Pero hasta lo que yo sé, lo natural no necesita tutoriales ni instructivos.
Cuando Butler escribió que el género es una repetición estilizada de actos, no estaba proponiendo una metáfora simpática. Señalaba el mecanismo industrial que sostiene el orden social. No “somos” hombres o mujeres: hacemos de hombres, hacemos de mujeres. Y en esa actuación, que parece íntima y espontánea, hay vigilancia feroz. Michel Foucault ya lo había dicho: el poder no es un látigo externo, es una red microscópica que atraviesa los cuerpos. El gimnasio, la depilación, el traje slim fit, la boda con dron y hashtag propio: dispositivos.
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El hombre heterosexual moderno se cree libre porque ahora puede ponerse crema y llorar en terapia. Pero su masculinidad sigue siendo un proyecto que exige mantenimiento: espalda ancha, deseo siempre listo, vulnerabilidad controlada en dosis instagramables. Se ha feminizado lo justo para seguir mandando. Es una transición conservadora: cambia la estética, no la jerarquía. Y la mujer heterosexual, se cree emancipada porque factura su propio sueldo, pero sigue sometida a la liturgia de producción: cabello brillante, piel tersa, juventud eterna, deseo calibrado. Ni puta ni santa, pero siempre disponible para el espectáculo. Se habla de empoderamiento, pero el mercado convirtió la liberación en un kit de contouring.
Paul B. Preciado lo dice con crudeza: el género es una tecnología política. Una prótesis. Algo que se injerta en el cuerpo y lo disciplina. Y yo agrego: la heterosexualidad es su laboratorio estrella. Allí se ensaya la diferencia, se dramatiza la oposición. El pene y la vagina como argumentos metafísicos. El problema no es que existan hombres y mujeres que se deseen, es que ese deseo está guionado como una obra mediocre que se repite sin cesar: chico conoce chica. Chico conquista. Chica cede, pero no demasiado rápido. Chico provee. Chica cuida. Ambos envejecen odiándose en cuotas hipotecarias (vale, en algunos casos).
Lo que me obsesiona es la fe con la que se ejecuta el papel. La performatividad necesita creencia. Sin fe, se desarma. Si el hombre deja de creer que debe ser fuerte, la fortaleza se vuelve mueca ridícula. Si la mujer deja de creer que su valor está en ser deseada, el mercado del deseo entra en pánico. El capitalismo necesita cuerpos convencidos de su guion. Por eso me río cuando ciertos heterosexuales se escandalizan ante las transiciones de género de las personas trans: les parece artificial, forzado, ideológico. Como si ellos no estuvieran atravesando su propia transición diaria hacia la caricatura de sí mismos. Como si ese traje gris no fuera un disfraz. Como si esa boda blanca no fuera escenografía. La diferencia es que la transición hetero tiene la bendición del Estado, de la Iglesia y de la publicidad.
Simone de Beauvoir escribió que no se nace mujer: se llega a serlo. Esa frase, tatuaje de taza feminista para algunos, sigue siendo un misil sin desactivar. Implica que la feminidad no es un destino biológico, sino un entrenamiento. Y si eso vale para mujeres, también vale para hombres. Nadie nace macho alfa; se entrena para ello. Se corrige el gesto afeminado en el niño. Se celebra la agresividad. Se ridiculiza el llanto. La heterosexualidad funciona como escuela de género obligatoria: allí se aprende que el deseo correcto confirma la diferencia. Que un hombre “de verdad” desea mujeres “de verdad”. Que una mujer “de verdad” desea hombres “de verdad”. Todo lo demás es desvío, error o fase.
Pero ¿qué es un hombre de verdad? ¿Uno que paga la cuenta? ¿Uno que no se depila las cejas? ¿Uno que penetra y no es penetrado? La masculinidad hetero es un castillo de cartas sostenido por miedo al ridículo, a ser leído como menos hombre, a perder estatus, a que el deseo se desordene. La feminidad hetero, aunque hoy se vista de independencia, sigue orbitando alrededor del reconocimiento masculino: atractiva pero no intimidante, exitosa pero no más que él, libre pero no demasiado. Es agotador.
La transición hetero es extenuante porque nunca termina. No hay punto de llegada. Siempre hay que reafirmar, demostrar. La boda no cierra el contrato: lo inaugura. Luego vienen los hijos como certificación biológica del rol. Y si el matrimonio fracasa, el fracaso se vive como falla de género: él no fue suficientemente hombre, ella no fue suficientemente mujer. No estoy diciendo que todo deseo heterosexual sea falso, sino que su forma social está saturada de teatro. La naturalización es estrategia política. Detrás de cada “así somos” hay siglos de disciplina.
He visto hombres heterosexuales sufrir en silencio porque no alcanzan el estándar viril exigido. He visto mujeres heterosexuales matarse de hambre para caber en el molde. Y he visto cómo, cuando alguien decide salirse del guion, la reacción es pánico. Si uno deja de actuar, la obra entera tiembla. La performatividad no significa mentira consciente: actuamos hasta olvidar que actuamos. El hábito se vuelve identidad. La máscara se adhiere a la piel.
Por eso me parece potente la figura de la transición. No solo la médica o legal, sino la transición como gesto político: evidenciar que el género es móvil, que puede cambiar, que no está escrito en piedra. Las personas trans exponen la costura del sistema. Esa exposición resulta insoportable para quienes necesitan creer que su propia performance es esencia. La heterosexualidad normativa se siente amenazada porque su poder depende del binario estable. Si los géneros se vuelven fluidos, si el deseo se desordena, la jerarquía pierde fundamento. Entonces ¿quién manda? ¿Quién cuida? ¿Quién penetra? ¿Quién es penetrado? Preguntas que revelan obsesión por clasificar cuerpos según función.
Hay algo obsceno en la obsesión hetero por la diferencia sexual. Necesidad casi pornográfica de marcar el contraste: vestido y traje, maquillaje y barba, delicadeza y rudeza. Como si el deseo necesitara escenografía para encenderse. Por eso las parejas más famosas de la farándula nacional fascinan: exageración perfecta del binario. Ellos hipermasculinos pero metrosexuales; ellas elegantes y delicadas pero empresarias. Diferencia que adorna el poder, no lo amenaza. Son prueba de que el género puede ser flexible sin dejar de ser rentable. Pero miro esas fotos y veo horas de trabajo corporal, coreografía, transición constante. Nada espontáneo. Todo construcción.
Si ellos/as pueden producirse así, ¿por qué escandalizarse de que otros lo hagan diferente? No propongo abolir el deseo heterosexual ni prohibir vestidos blancos. Me interesa desnaturalizar. Abrir la costura. Entender que la identidad no es destino sino práctica, y que, como toda práctica, puede modificarse. La transición de género de los heterosexuales no requiere solo maquillaje o traje: requiere hormonas, esteroides, operaciones, disciplina. Admite que la masculinidad y feminidad que encarnan son guiones aprendidos. Podrían actuar otros papeles. El mundo no se derrumbaría si él fuera más frágil o ella más ambiciosa. El placer no depende de repetir la coreografía de siempre.
Tal vez la verdadera revolución sea dejar de actuar el género como si se nos fuera la vida en ello. Porque, en cierto modo, se nos va la vida. Nos va la posibilidad de relacionarnos sin máscaras rígidas, de desear sin miedo, de no producirnos cada mañana como mercancía en exhibición. La transición hetero ya ocurre, aunque muchos no lo sepan: cada vez que un hombre se permite no saber, cada vez que una mujer se niega a ser agradable, cada vez que una pareja inventa su propia gramática del deseo sin consultar el manual.
Pero mientras tanto, el espectáculo continúa: tacones afilados, trajes planchados, sonrisas perfectas. Millones de cuerpos disciplinados repitiendo su papel con convicción admirable y trágica. El gesto más radical quizá sea admitir que estamos actuando. Y que podríamos, si quisiéramos, improvisar.