La McDonalización de Chile

La McDonalización de Chile

El 19 de noviembre de 1990 se inauguró, en Avenida Kennedy, comuna de Las Condes, el primer McDonald’s de Chile. No se trataba únicamente de un local de comida rápida, sino también de un dispositivo de poder que vino a marcar una profunda transformación en la vida cultural del país. En efecto, con McDonald’s emerge un nuevo modelo de organización económica y una nueva fase del proceso de racionalización descrito por Max Weber cien años antes.

Danilo Billiard

Desde entonces, comenzaron a proliferar en el país los restaurantes de comida rápida que ofrecen una amplia variedad de productos —al punto de que los centros comerciales destinan pisos completos a estos locales—, fenómeno que el sociólogo estadounidense George Ritzer definió como la “McDonalización de la sociedad” (1996). Este concepto alude a la expansión de los principios de funcionamiento de McDonald’s hacia ámbitos tan diversos como el deporte, la política, la religión y la educación.

Frente a los engorrosos trámites característicos de la burocracia tradicional, la cadena de comida rápida se presenta como el paradigma de un nuevo sistema organizacional —aunque no menos burocrático— basado en la eficiencia, cuya principal promesa consiste en reducir considerablemente los tiempos de espera para obtener resultados. En ese sentido, la relevancia de McDonald’s radica en que su arrollador éxito comercial durante la década de los noventa convirtió su estrategia de mercado en un modelo digno de imitación.

El problema surge cuando la producción de conocimiento comienza a evaluarse según los mismos parámetros con que se mide la calidad de un Cuarto de Libra con Queso. En ese marco pueden comprenderse las declaraciones del presidente Kast, quien cuestionó que numerosas investigaciones financiadas con recursos públicos se traduzcan en libros, pero no generen empleo.

Puedes leer: "Chao guías ambientales": la impunidad de despreciar el conocimiento y las advertencias de especialistas que evitarían desastres

Sin embargo, el presidente parece ignorar que los grandes paradigmas científicos y tecnológicos que transforman las economías del mundo nacen precisamente de investigaciones de largo aliento, cuyos resultados suelen tardar décadas en materializarse. Y este déficit de perspectiva resulta preocupante, porque si el conocimiento fuera gestionado con la misma velocidad con que se preparan hamburguesas en un local de comida rápida, dejaría de ser conocimiento y terminaríamos utilizando las páginas de los libros como servilletas.

La cuestión de fondo es la velocidad, y de ahí emerge el segundo principio que rige la mcdonalización: lo cuantificable. Bajo esta lógica, la propuesta de acortar las carreras universitarias responde a la idea de que el aprendizaje carece de valor en sí mismo y que su utilidad debe medirse únicamente en función de la tasa de titulación y de la empleabilidad. Dicho de otro modo, ya no se trata de contribuir al desarrollo y la innovación de la estructura productiva, sino de obtener un título en el menor tiempo posible para ingresar rápidamente al mercado laboral.

El tercer principio corresponde a la estandarización, fenómeno que ya se ha instalado en las universidades chilenas, tanto en su oferta académica como en los mecanismos concursables de financiamiento para la investigación. Retomando un concepto de Weber, puede afirmarse que la producción de conocimiento en las instituciones de educación superior se asemeja cada vez más a una “jaula de hierro”: un proceso altamente burocratizado en el que la libertad académica, entendida como acto creativo, queda subordinada a métricas de productividad destinadas a hacer previsibles sus resultados.

La paradoja es evidente, pues las investigaciones financiadas con recursos públicos efectivamente generan empleo, pero muchas veces producen formas de trabajo tan precarias como aquellas ofrecidas por las cadenas de comida rápida. La precarización laboral aparece, así, como una consecuencia estructural de este modelo de gestión empresarial.

Lo que está en juego bajo esta lógica no es la formación integral de sujetos capaces de contribuir al desarrollo humano de la sociedad, sino la acumulación de logros cuantificables: cifras, promedios, indicadores y posiciones en rankings comparativos. De hecho, si se analiza el triunfo de Kast, cuesta encontrar en su campaña grandes ideas o proyectos de transformación; lo que predomina es la exhibición de un modelo de éxito personal. Pero que la sociedad chilena otorgue tanto valor a estos referentes, revela hasta qué punto la mcdonalización se ha convertido en una forma de vida.

Los efectos de este fenómeno sobre la educación media y superior ya son visibles: estudiantes apáticos, desvinculados de cualquier proyecto colectivo y que, además, se perciben a sí mismos como clientes dentro de una dinámica de consumo masivo —ya sea en aulas físicas o plataformas digitales—. En consecuencia, exigen que la formación sea una experiencia agradable y libre de fricciones, lo que entra en tensión con los aprendizajes significativos y, especialmente, con el desarrollo del pensamiento crítico.

A pesar de la maquinaria publicitaria que exalta las virtudes de este modelo de gestión, sus consecuencias continúan manifestándose en niños, jóvenes y adultos. Se expresan tanto en problemas de salud mental como en el sobrepeso asociado al consumo de comida rápida. Por eso, resulta estéril discutir con la derecha si este paradigma favorece el crecimiento económico y genera enormes beneficios empresariales: efectivamente lo hace, pero al costo del envilecimiento de la población y de una creciente precarización de las condiciones de vida, hasta el punto de que la propia política también se ha mcdonalizado.

Por último, conviene recordar que la principal responsabilidad en la generación de empleo recae en la industria. De hecho, esa ha sido una de las justificaciones esgrimidas por el propio presidente Kast para impulsar rebajas al impuesto corporativo. Asimismo, que los investigadores con posgrado se concentren mayoritariamente en las universidades —y que su inserción laboral dentro y fuera de ellas vaya disminuyendo— responde también a la mcdonalización del aparato productivo chileno: un modelo dependiente de la extracción de recursos naturales, orientado a la venta y optimización de servicios, pero reticente a desarrollar conocimiento e innovación.

Si se pretende que los investigadores dejen de limitarse a publicar libros y puedan contribuir efectivamente al desarrollo industrial del país, entonces se requiere una transformación estructural del modelo productivo chileno. Una transformación que, sin embargo, Kast parece haber llegado precisamente a contener.

Imagen eferencial. Extraída de CADE

Colabora con Resumen.cl
Estas leyendo

La McDonalización de Chile